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Exposición “Indagaciones Acerca de lo Sublime”, Julio Cesar Abad Vidal.

Texto con motivo de la exposición en la galería Luis Adelantado México DF, por Julio Cesar Abad Vidal.

 

Indagaciones acerca de lo sublime reúne obras de las tres series emprendidas desde 2013, y en su mayor parte inéditas, dedicadas por Fernando Maselli (Buenos Aires, 1978) a una pesquisa fotográfica en torno a la categoría estética de lo sublime. Las obras que integran estas tres series no se constituyen en tomas fotográficas de la realidad, sino que ofrecen paisajes recreados a través de complejos montajes fotográficos o construidos como maquetas. Con ambas estrategias técnicas y formales, Maselli apunta hacia la vocación por lo inexpugnable, hacia el anhelo de reductos no hollados por el hombre de la naturaleza. Estas obras abrazan la fantasía de una virginidad original ante la calamidad que sufre quien siente que todo se halla ya corrompido.

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Entre 2011 y 2013, Maselli emprendió una serie fotográfica en la que capturaba enclaves naturales sin huella humana alguna en diferentes zonas boscosas, cordilleras o cotas destacadas españolas. Todos estos enclaves compartían el hecho de haber sido considerados sagrados en algún momento de la historia por diferentes prácticas cultuales. Esta persecución de una memoria religiosa situaba en primer plano una reivindicación de lo misterioso en la que, sin dogmatismo alguno, Maselli apunta hacia una comunión del hombre con la naturaleza similar a la que abrazaban los románticos. La serie Hierofanías puede ser considerada, pese a cuanto la separa de sus series ulteriores, el origen estético de cuanto define a las series Infinito artificial, Anunciación y Dioramas: una fotografía de paisaje en la que se enfrenta su autor a una categoría estética abrumadora: lo sublime. Y lo hace para cautivar a su espectador en una reflexión moral y sentimental sobre la naturaleza.

No resulta sencillo intentar delimitar conceptualmente la noción de lo sublime, por cuanto se dirige expresamente a un estado de turbación emocional excesiva. El anónimo Tratado de lo sublime, del siglo I d. C., comienza con una singular definición de lo Sublime, por cuanto no parece definir nada en absoluto, como “un no sé qué de excelencia y perfección soberana del lenguaje”, que produce un efecto que, frente al del mero deleite, llena de admiración a su receptor. Esta categoría estética adquirió una inusitada relevancia durante el siglo XVIII cuando los ámbitos, más propiamente idealista del Romanticismo alemán y del más empirista Romanticismo inglés, incidieron en la actividad creadora como ascesis, elevación. En este sentido, lo sublime escapa a los límites de nuestra comprensión, es algo desusado, que hace tambalear al dominio de la razón, a la ilusión del control que ejercemos sobre la existencia.

De cuantos autores se ocuparon de esta categoría, descuella el trabajo de Edmund Burke, quien publicaba en Londres, en 1757, A Philosophical Enquiry into the Origin of our Ideas of the Sublime and Beautiful. Ha sido Burke quien ha acompañado a Maselli en su búsqueda estética, como atestigua ya la semejanza misma en los títulos del ensayo burkeano y de la presente exposición. Burke define lo sublime por su efecto sobre la sensibilidad humana como aquello que extrae de un modo extremo al individuo de aquello que denomina su habitual estado de indiferencia. Es decir, un estado de medianía, no movido por placer o dolor algunos. Frente a esto, la sublimidad representa un extrañamiento, una remoción, “todo lo que es a propósito de cualquier modo para excitar las ideas de pena y de peligro, es decir, todo lo que de algún modo es terrible, todo lo que versa de los objetos terribles, u obra de un modo análogo al terror, es un principio de sublimidad: esto es, produce la más fuerte moción que el ánimo es capaz de sentir”.

Burke señala algunas de las características precisas para lograr la sublimidad artística. En primer lugar, destaca la oscuridad, que impide la cabal definición de los contornos de los cuerpos y los objetos, así como la gran altura, y aún más la gran profundidad. En las obras que integran las series de esta exposición Maselli ha logrado la afortunada concurrencia de todas estas características. Los montajes fotográficos (de Infinito artificial y de Anunciación) o las maquetas (Dioramas) que persiguen la turbación de lo sublime, abrazan, al tiempo, lo que parece constituirse aún, desde la década de los ochenta, en la preocupación vehicular del discurso fotográfico contemporáneo: la dilucidación del límite entre la realidad y su construcción. Del mismo modo, una gigantografía de un miembro de la serie Infinito artificial invita a una reflexión sobre el anhelo de alteridad que subsiste en el mundo contemporáneo mediante su tratamiento como imagen publicitaria.

Lo sublime constituye un transporte. Tanto en sus recreaciones como montajes fotográficos (Infinito artificial) como en sus creaciones (Dioramas), Maselli ofrece abruptas cadenas montañosas, cuyas penumbra, profusión, profundidad y altura concurren en la consecución visual de lo que denominaríamos “lo sublime terrorífico”, aquello que provoca un vórtice que desestabiliza la ilusión de seguridad de nuestra reglada y ordenada cotidiana existencia. Mas si Infinito artificial constituye una recreación en la que Maselli subraya, mediante trabajos de fragmentación, repetición, multiplicación y superposición de volúmenes la magnificencia en sí de las cordilleras que previamente ha fotografiado del natural, Dioramas es, ya desde su mismo origen, una labor ajena a una experiencia directa en el territorio real, para constituirse en una elaboración escultórica exhaustivamente fotografiada en su mismo estudio, la destilación de una esencia tanto manual como intelectiva; tan verosímil como la de de un consumando artesano, tan ideal como la del poeta que crea desde su escritorio un paisaje que se desplegará en el corazón de sus lectores.

Por su parte, la serie Anunciación, se dirige a una acepción de lo sublime netamente espiritualista. Así, las obras que integran la serie Anunciación estriban en la recreación de cielos profusamente cubiertos de nubes en los que se abre un claro beatífico. Maselli parte en estas obras de su atracción por la representación de los cielos rotos de la pintura barroca, aquellos fenómenos que, entre lo natural y lo trascendente, proceden a una manifestación divina: el cielo en Gloria. Maselli prescinde de toda historia sagrada, alguno de cuyos episodios recogen las imágenes en las que se inspira: las pinturas barrocas religiosas. En su lugar, representa en las fotografías de esta serie exclusivamente cielos abiertos. Una de las características más notables del virtuosismo técnico de las obras de estas series estriba en el extraordinario trabajo de valores tonales dentro de una notable una austeridad cromática de las nubes, presente asimismo en las fotografías de las series montañosas. Pero si éstas se caracterizaban por la tenebrosidad, por la comunicación de un riesgo, Anunciación supone el atisbo de una esperanza que conduce a la luz.

Con sus últimas series fotográficas, Fernando Maselli ha logrado concitar una reflexión sobre la deriva de la existencia, sobre una cierta pulsión telúrica en el espacio hiperindustrial nuestro, sobre la necesidad de una remoción de este vertiginoso camino avocado a la destrucción de todas las cosas. Un abrazo de la necesidad de lo primigenio, para la que recurre, empero, en una deriva de una paradójica brillantez, a recreaciones y a simulacros.

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