El noveno día

 

Texto publicado en el libro Infinito Artificial, Coproducción de la Kursala (Universidad de Cádiz), Museo Universidad de Navarra y distribución de La Fábrica, Eduardo Martínez de Pisón, 2017.

El artista es un creador de mundos. Por mucho que fabule, sin embargo, su materia está hecha de la Tierra y vuelve a ella, como la piedra, el agua o el ciclo de la vida. El artista puede pintar con fotografías, componer con las formas del planeta nuevos planetas. Entonces su obra es una nueva realidad, acaso organizadora de paisajes inexistentes, fabricados con genio desde los panoramas reales.

El artista hace montañas ideales que nacen y se multiplican desde las montañas tangibles y solo existen en su modo de mirar el mundo y de contárselo gráficamente al observador afín. Sube con esfuerzo por un abismo, llega a una cornisa de roca, mira a su alrededor, pasa un día y una noche a la intemperie observando en soledad la luz que rebota en los espejos de piedra, que se introduce por los rincones o hace sombríos los huecos en el limitado cuadro de la vista. El paisaje entonces, si queremos, crece, se repite, se extiende, aumenta desde sus propias pautas en el ojo de quien mira y adquiere una magnitud sublime. Lo bello se reproduce y acrecienta, engendra otra dimensión de sí mismo.

Probablemente Burke y Kant tenían algo de razón. Pero lo bello puede ser sublime y lo sublime bello. Ya no es preciso hacer distinciones, han pasado siglos. Podemos hacer lo sublime como una dimensión potenciada de lo bello. Para Burke lo bello necesitaba ser pequeño y lo sublime grande: para fabricar panoramas sublimes, agrandemos entonces los mundos. Pero si miramos con detalle el universo que se encuentra en una geoda abierta, el paisaje cristalino es tan sublime como una cordillera que sobrepasa las nubes. Y quien ve la montaña inmensa sorprende más belleza que si observa una maceta.

El artista del que venimos hablando maneja la noción de lo infinito artificial, a partir del infinito (o sensación de infinito) logrado por la técnica en la sucesión de lo uniforme, que Burke aplicó a cierta arquitectura, traspasado a la montaña, que también es arquitectónica. Sería más preciso decir que concierne a una estética constructiva. De este modo, ese artista consigue diseñar mundos donde yo querría estar. Entrar, recorrer, observar, vivir en esos lugares que son potencias de los lugares. Subir por tal pedrera, oír el rodar de las piedras a mi paso, entrar por tal fisura, sentarme en una repisa del precipicio, avanzar hacia donde da la luz, mirar desde aquel cerro, en efecto, estar allí como si fuera realidad, ganar esas cumbres interminables que se han desplegado en telones sucesivamente brumosos ante mí en montañas superlativas.

Estos paisajes recreados me han ganado y no sé si hasta hacen daño a mi veneración por la forma de la naturaleza real. Maselli  ha multiplicado mis montañas como si estuviera dotado de poderes milagrosos; tal vez las busque luego y no las encuentre, como ocurre con los relatos bien contados.

Sus fotos de infinitos sublimes artificiales no permiten un regreso fácil a la geografía.

Decía Poe, y luego intentó pintarlo el gran Magritte, que el arte verdadero supera a la realidad natural y se inventó un jardinero que mejoró con su obra el paisaje. Maselli es un jardinero de montañas. Las planta, las poda, las cambia de lugar. Ha ido a recoger las semillas a lugares perdidos y peligrosos y con ellas construye mundos como si estuviera en el noveno día de la creación.