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Encuentros EAC, Instituto Alicantino de Cultura, Luisa Pastor.

En 1785, después de un intento fallido de subir al Mont Blanc, el geólogo suizo Horace Bénédict de Saussure –fundador del alpinismo– describe su experiencia en las montañas del siguiente modo:

 

el silencio y la profunda calma que dominaban en aquel inmenso espacio, aún agrandado por la imaginación, traían consigo –por así decir– espanto. Me parecía que yo perdurase en el Todo, en un Todo cuyo cadáver viera, bajo mis pies. En esa situación, más que al Mont Blanc, dirigía mi mirada a la soledad. Allí, la nieve luminosa, fosforescente, ofrecía una impresión de movimiento y de vida.

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El fotógrafo argentino Fernando Maselli, al igual que el pintor Gaspar Friedrich –uno de los pintores más relevantes del romanticismo alemán–, retratan la naturaleza de una manera realmente sobrecogedora. Ambos suben a la montaña, para asomarse al abismo que produce (siempre) la infinitud y el vacío. El Retrato de Fernando Maselli, como en la obra El caminante sobre el mar de niebla de Friedrich, se enfrenta a su propio aislamiento –cargado de cierto terror y melancolía–, dónde las nubes, la nieve y las piedras de la montaña se convierten en los únicos testigos de la presencia del hombre. La ausencia del ser, en la fotografía de Maselli, nos hace identificarnos con el espectador solitario que preside la pintura de Friedrich: apoyado en su bastón de madera, desde lo alto de la montaña, el personaje contempla la extraña y conmovedora fuerza, que –ante sus ojos– produce un mar lleno de niebla y silencio. Fernando Maselli sube a la montaña cargado con su cámara de fotos y su trípode, para captar –desde todos los ángulos posibles– los secretos que esconde la cumbre del Macizo de Brenta, situado en el norte de Italia.

 

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Ahora, les propongo que imaginemos el momento previo a la captura de la foto. Imagínense que el personaje solitario de la obra de Friedrich es el propio Fernando Maselli: un joven fotógrafo que permanece de espaldas, sereno y elegante, a unos 3.173 metros de altura sobre el nivel del mar, contemplando –con admiración y respeto– la inmensidad del paisaje. Ha sido una dura y fatigosa escalada, hasta llegar a la cima más alta del Macizo de Brenta, en donde Maselli siente –con todas sus fuerzas– el poder que (supongo) otorga la montaña. Así, en las entrañas de una naturaleza salvaje, Maselli –en un ejercicio de humildad– acepta su pequeñez (su ‘casi-nada’), al enfrentarse con la inmensidad y el vacío, de un paisaje teñido de blanco. En ese momento, ¿qué tipo de experiencia proporciona la montaña?, ¿cómo actúa el sujeto?, ¿dónde queda el ‘ser’, cuando ya sólo hay abismo? Según decía Burke, en su libro De lo sublime y de lo bello: “La pasión, causada por lo grande y lo sublime en la naturaleza, es el asombro; y el asombro es aquel estado del alma, en que todos sus movimientos se suspenden con cierto grado de horror”. Frente a la dimensión ilimitada del vacío y el silencio, el sujeto –solo y (ya) sin protección– queda desamparado, incapaz de hacer frente a los deseos caprichosos de la montaña. Ahora, envuelto por ese manto de niebla, el sujeto –en terminología lacaniana– recibe el impacto de lo real y se queda sin palabras. Por eso, sin poder recurrir al consuelo que proporciona el lenguaje racional y discursivo, el sujeto se refugia en el silencio. Y en ese momento, cuando la inmensidad atraviesa el ‘ser’, aparecen el miedo y el asombro. Así, según explica Burke, la naturaleza tiene la capacidad de provocar estados emocionales extremos en el sujeto, alterando la estabilidad que proporciona (siempre) el ‘ser’, al llevar al sujeto más allá de sus propios límites internos. Sin embargo, no todos los fenómenos naturales tienen la capacidad de penetrar en la interioridad del ‘ser’ del sujeto, poniendo en peligro su integridad y (por qué no) su vida. Sólo las experiencias sublimes (y no bellas) desarticulan la homogeneidad y consistencia del sujeto, en donde el ‘ser’ –vulnerable (pero poderoso)– descubre el éxtasis y la angustia. En este sentido, de acuerdo con la distinción que establece Kant, en el libro De lo bello y lo sublime:

 

La vista de una montaña cuyas nevadas cimas se alzan sobre las nubes, la descripción de una tempestad furiosa o la pintura del infierno de Milton, producen agrado, pero unido a terror. Son experiencias de lo sublime. En cambio, la contemplación de campiñas floridas y valles con arroyos serpenteantes, cubiertos de rebaños pastando, proporcionan también una sensación agradable, pero alegre y sonriente. Son experiencias de lo bello. Altas encinas y sombrías soledades en el bosque sagrado, son sublimes; platabandas de flores, setos bajos y árboles recortados en figuras, son bellos. La noche es sublime, el día es bello.

 

Maselli, a partir de esta distinción kantiana (y fuertemente influenciado por la lectura de Burke), trata de capturar la inmensidad del Macizo de Brenta, pero sin que la cámara –como el lenguaje– se convierta en una herramienta de distanciación, que mitigue el horror y la angustia que experimenta el sujeto, frente a la magnitud ilimitada de la montaña. Maselli, por lo tanto, no fotografía ‘lo bello’ –esas campiñas floridas y valles con arroyos, de los que habla Kant–, sino que su intención es capturar ‘lo sublime’ –esas montañas nevadas, como dice Kant, que se alzan sobre las nubes. Quizá por eso, para que su obra no pierda el horror (y el placer) de lo sublime, Fernando Maselli recurre al collage digital, transformando –más allá de la teoría de la representación– la dimensión de la realidad. De esta manera –con el fin de documentar no sólo lo que se ‘ve’, sino también lo que se ‘siente’–, Maselli construye un paisaje artificial, a base de fragmentos, recortes, repeticiones y superposiciones, en una trabajo –meticuloso y paciente– que va dirigido a conmocionar al espectador. Por eso, para crear esa atmosfera mística y desgarradora, Maselli reinventa nuevos escenarios y reproduce cimas imaginarias que nunca existieron en los Alpes Italianos, en donde la niebla –en un juego entre lo visible y lo invisible– contribuye a crear un paisaje que arrastra al sujeto a la interioridad de sí mismo, en donde descubre el gozo y el silencio. Al fin y al cabo, como decía el alpinista italiano, Alexandro Gogna: “El camino hacia la cima, en solitario, es como un viaje hacia uno mismo”.

 

Así, en definitiva, la mirada personal y anhelante del fotógrafo Fernando Maselli nos invita a realizar un viaje en solitario hacia lo desconocido, a través de las montañas; es un viaje iniciático –sin crampones, ni piolets– que se lleva a cabo con el desplazamiento que proporcionan (siempre) la imaginación, permitiendo al espectador identificarse tanto con Maselli, como con el caminante sobre un mar de niebla de Friedrich.

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